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 TELE-RADIONúm 576  •   6 al 12 enero 1969  •  pp. 1, 8, 18-21 
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TVE, NUEVA SERIE DE TELEFILMS
 
IRONSIDE
 
 La ciudad de San Francisco es una de las más famosas de los Estados Unidos. Antigua, hermosa e inquietante, en ella se construyó el mundialmente conocido puente Golden Gate, y si para singularizarse del resto de las ciudades americanas no bastasen sus calles empinadas y su raigambre latina, posee uno de los barrios chinos más extraordinarios del mundo. Para los espectadores españoles de TVE, San Francisco es, desde el pasado domingo 22 de diciembre, famosa por otra circunstancia que seguramente atraerá su atención semanal. En ella vive uno de los más grandes jefes en la historia de los detectives: Ironside.
 
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Por primera vez en los anales de nuestra Televisión, se ha dado a los espectadores la oportunidad de conocer el contenido de una nueva serie antes de que ésta entrase en antena como programa semanal. Esta circunstancia, que acaeció el pasado 22 de diciembre con el estreno del largometraje de la serie «Estreno mundial», en el que se contaba el inicio de «Ironside», sucedió también en los Estados Unidos el 23 de septiembre de 1967. Semejante aventura demostró que la fórmula era un éxito, ya que «Ironside», película larga interpretada por Raymond Burr, se situó en el tercer puesto entre los 159 largometrajes exhibidos por las tres cadenas norteamericanas durante la pasada temporada. Se calcula que la audienca de esta película ascendió a los 24 millones de espectadores, cifra nada despreciable en us país con tres grandes redes nacionales de Televisión en abierta competencia, y con infinidad de emisoras privadas.
 
No es un hecho frecuente el que un hombre se convierta en leyenda viva a los cuarenta y seis años. Nadie puede recordar en la ciudad cuándo Ironside comenzó a ser llamado el «más grande detective del mundo»; pero, ciertamente, ninguna persona se lo ha preguntado desde entonces. Ironside posee una energía volcánica, es dolorosamente directo al hablar, y un perfeccionista que deja exhaustos a todos cuantos le rodean, que, normalmente, son los jóvenes detectives sargento Ed Brown y la señorita Eve Whitfield, así coimo Mark, el muchacho negro. Los tres sienten por su jefe una especie de miedo y admiración que les obliga a cumplir sus órdenes a rajatabla. Pero si Ironside ha sido, durante los veinticinco años que lleva en el servicio, un policía temido y admirado, va a ser ahora, a raíz de su accidente, cuando se va a convertir en leyenda viva.
 
«Sólo se mueren los héroes»
 
Los voceadores de periódicos estaban pendientes de anunciar su muerte año tras año. Sin embargo, y por increíble que esto pudiera parecer en un hombre que vive en el corazón del peligro, esa noticia todavía no ha visto la luz del día, y la Prensa sigue calificándolo de «incansable», «invencible», «el policía de los policías» y «el último hombre airado». Frases típicas, que definen el caräcter de Ironside, son XXgunas como esta: «La única excusa para que un policía se tome vacaciones, es una muerte: la suya propia». O estas otras, sacadas del discurso de clausura en la escuela de policías: «Un día tropezaréis con una bala y decidirán que fuisteis brutos, estúpidos o incompetentes. En el cuartelillo se hará una colecta para vuestra viuda, si es que habéis sido lo bastante imbéciles para casaros. Y eso será todo».
 
La bala que todo policía espera encontrar en su camino, llegó al cuerpo de Ironside una noche, en una granja, cuando tomaba sus primeras vacaciones después de veinticinco años de servicios ininterrumpidos. Un hombre como él, que detesta apasionadamente al crimen y a los criminales, tiene una rica cosecha de clientes insatisfechos que han ido formando larga fila en su extensa carrera: todos aquellos desarraigados a los que Ironside apartó temporalmente de la sociedad. Quizá fue inevitable entonces que uno cualquiera de esos clientes desafortunados disparase seis veces sobre el cuerpo del jefe Ironside. Dos de las balas hicieron blanco y una de ellas se introdujo en su columna vertebral convirtiéndolo en un inválido. Durante dos días, el tiempo que Ironside estuvo luchando a brazo partido con la muerte, toda la Prensa del país se mostraba tristemente segura de anunciar su funeral en la primera plana. Pero el invencible jefe salió de nuevo a flote. «Solo se mueren los héroes», diría más tarde.
 
Volver al trabajo no fue tarea fácil para Ironside, Hubb de convencer al comisario de San Francisco, bajo cuyas órdenes trabajaba, para que le permitiese incorporarse a la vida activa ocupándose de su propio caso; descubrir quién, de entre aquellos cientos de desarraigados, se había decidido, al fin, a disparar la bala mortal. Confinado en una silla de ruedas, Ironside es, sin duda, el inválido más violentamente activo que nunca se haya visto. Se precipita a la escena del crimen en el viejo modelo de coche-patrulla que ha adaptado para su uso personal, equipándolo con una especie de plataforma movible que permite elevar y descender la immensa humanidad de Ironside en su silla de ruedas. En el interior del vehículo se ha instalado un verdadero laboratorio con todos los aditamentos necesarios para luchar por la justicia. Pero Ironside no puede caminar solo. Por consiguiente, ha elegido unas piernas, y éstas pertenecen al sargento Brown, a la señorita Whitfield y a Mark Sanger, un joven negro y rebelde crecido en los barrios bajos de San Francisco, que quedó impresionado por la ruda pero eficaz terapia a que había sido sometido tiempo atrás por el jefe. Cuando alguno de los muchachos se da cuenta de que su jefe está en peligro, quiere acudir en su ayuda. «Al fin y al cabo —dice—, es un hombre en una silla de ruedas.» «No —dirán los otros—, no es un hombre en una silla de ruedas. Es Ironside en una silla de ruedas.»
 
Una política presente
 
Fieles a la idea que preside la programación norteamericana en la actual temporada, de incluir un actor de color en las series destinadas a la pequeña pantalla, los productores de «Ironside» eligieron a Don Mitchel, un actor que, hasta el momento de participar en la serie, malvivía por los reducidos grupos teatrales que se mueven en el Greenwich Village (el barrio bohemio de Nueva York). Cuando Ironside quiere contratar a Mark —recuérdese el largometraje del día 22— para que trabaje en su compañía, éste le responde: «Usted lo que quiere es un mozo». «No —dirá Ironside— quiero unas piernas y tú las tienes muy ágiles. Si decides aceptar, vivirás donde yo viva e irás donde yo vaya.» Este destino trágico de Ironside va a unir a dos hombres de distintas razas, en un país en el que la lucha entre blancos y negros cubre a diario la crónica sangrienta de los Estados Unidos.
El más grande detective del mundo
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No podemos juzgar desde aquí hasta qué punto es sincero el intento de Hollywood de acercarse a los negros, de incluirles en las series de Televisión y de servir esta mezcla a los espectadores norteamericanos —blancos, negros, progresistas y del Ku-Klux-Klan— como complemento de su sobremesa nocturna, haciéndose con ello acreedores a las iras de determinados sectores de la sociedad. Claro que, como no se trata de hacer una revolución desde las pantallas de Televisión, los actores negros que intervienen en las series, salvo excepciones muy contadas, quedarán relegados a desempeñar funciones de segundo orden. De cualquier forma, ya es un paso, y no pequeño. Pues si siempre en Hollywood —dentro del cine— se había dado el caso de actores de color que, por sus excepcionales cualidades interpretativas, llegaban a los más altos peldaños de la fama, tampoco es menos cierto que hace unos pocos años esta problemática parecía imposible plantearla desde la Televisión. Porque todos los programas que se exhiben en la pequeña pantalla se crean pensando en el ciudadano medio —el posible consumidor de detergentes, coches y lavadoras— y, dentro de ese mundo de ciudadanos medios, se hallan muchos millones de norteamericanos para los que no es plato de gusto sentarse al lado de un negro en una cafetería y, mucho menos, aceptar que se lo metan en su casa.
 
Otra vez Perry Mason
 
A través de la serie que acaba de empezar, veremos el modo como Ironside lleva sus investigaciones, con un increíble podor deductivo —perfectamente lógico en un hombre que no puede andar—, utilizando su inteligencia y su astucia para, partiendo de pistas mínimas, examinar la lista de los sospechosos, reunir poco a poco datos y llegar finalmente al móvil del crimen, Ironside es, muchas veces, un hombre al que hay que temer; por consiguiente, un hombre al que hay que respetar y siempre un hombre al que hay que recordar.
Otra vez Raymond Burr (Perry Mason)
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Al encontrarnos de nuevo con Raymond Burr —envejecido, gordo, pero más actor que nunca— no podemos sustraemos al recuerdo de «Perry Mason», la series que, desde 1957 hasta 1961, se mantuvo en antena con éxito irrepetible en los Estados Unidos, logrando para su intérprete hasta tres veces el EMMY de la Academia. Junto con «Bonanza» y «Los Intocables», «Perry Mason» es, probablemente, una de las producciones que quedarán como modelo de serie de la Televisión norteamericana. Es difícil vislumbrar la razón del sensacional éxito de «Perry Mason»; pero, sin duda, tenia ese «algo» que consigue dar en la diana del interés del público y que hace que un espectáculo se prolongue temporada tras temporada. Seguramente, hoy, «Ironside» y otras series de igual factura están mejor hechas, más cuidadas, con mayores medios — en todas está presente el color—, pero suelen pasar sin demasiada gloria. ¿Qué sucede entonces? Continuamente se puede oír a la gente quejarse de que «ahora no hay series tan buenas como las de antes», como si se tratase de mantas zamoranas. Cabe mejor pensar que lo que verdaderamente está ocurriendo es que el espectador de Televisión, que antes so lo tragaba todo sin rechistar, está sufriendo la misma transformación que el espectador cinematográfico de hace una década: exige más calidad, algo diferente, menos trucos… Las televisiones do todo el mundo, creemos, son conscientes de esta exigencia. Veremos si también son capaces de superar esta crisis.
 
Carmen RODRIGUEZ
DE SEPULVEDA
 
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